Neoliberalismo Sexual. El Mito De La Libre Elección (Feminismos)

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Reseña de la editorial.

La ideología neoliberal tiene el objetivo de convertir la vida en mercancía, incluso a los seres humanos. En ese sentido, la conversión de los cuerpos de las mujeres en mercancía es el medio más eficaz para difundir y refor­zar la ideología neoliberal.

La pode­rosa industria del sexo patriarcal avanza apoyándose en dos ideas complementarias. Por un lado, en la teoría de la libre elección: ahora que las mujeres “ya son libres”, “ya tienen igualdad”, ya pueden “elegir” vivir de su cuerpo, o de trozos de su cuerpo.

Por otro lado, y para contrarrestar cualquier crítica, esta tesis se envuelve en cierta retórica transgresora y posmoderna: toda relación es aceptable si hay “sexo consentido” por el medio.

Texto extraído de El País, por Octacio Salazar:

El último libro de la profesora Ana de Miguel, Neoliberalismo sexual, nos interpela directamente a nosotros -“Agradeceríamos a nuestros hermanos, los hombres, que se sentaran a pensar quiénes son, qué hace la sociedad patriarcal con ellos y qué quieren llegar a ser, que plantaran cara a lo que el sistema espera de ellos”- , tras haberse preguntado “dónde está el hombre nuevo”. Esa es una de las conclusiones a las que llega la filósofa feminista tras haber reflexionado sobre la perversión de un momento histórico en el que vivimos “sociedades formalmente igualitarias” pero en las que asistimos a una permanente reproducción de las relaciones de poder propias del patriarcado.

Un orden cultural y simbólico que se ha convertido, siguiendo la brillante categorización de Alicia Puleo, en un “patriarcado por consentimiento”, es decir, en un orden que propicia la aceptación de la desigualdad mediante la socialización diferencial encubierta, las arraigadas prácticas discriminatorias en el mercado laboral y la difusión de mitos patriarcales a través de los medios de comunicación. Esta suma de factores ha visto potenciadas sus negativas consecuencias en un momento en el que, con el pretexto de la crisis económica y la “necesidad” de políticas de austeridad, se está abriendo la puerta a una cada vez más descarada discriminación, directa e indirecta, de la mitad de la Humanidad.

El subtítulo del libro, El mito de la libre elección, nos sitúa ante la clave a la que pretende dar respuesta la autora, que no es otra que la conversión de una aparente libertad “en igualdad de condiciones” en la justificación perversa de la prórroga de un sistema sexo/género que continúa situando a las mujeres en inferioridad de condiciones.
Por más que muchas de ellas se crean libres hasta para equivocarse y por más que algunos nos hagan creer interesadamente que hemos alcanzado la plena igualdad. La libertad que no atiende a los condicionantes estructurales, y que por tanto permanece ciega a la subordiscriminación que sufren las mujeres, se ha convertido en el lazo perfecto que suma las prepotencias del mercado con los poderes masculinos. Un contexto en el que asistimos a la vuelta del rosa y del azul, es decir, a una socialización diferenciada en razón del sexo y en el que el mercado continúa convirtiendo, ahora con más radicalidad que nunca, el cuerpo de las mujeres en cuerpos disponibles para ser usados, disfrutados o maltratados por la mitad masculina.

Ana de Miguel analiza tres ámbitos en los que en la actualidad no solo se prorrogan, sino que incluso se potencian, los esquemas patriarcales: el amor, el sexo y la prostitución. Este triángulo de la virilidad hegemónica continúa frenando la autonomía de las mujeres, cosificándolas y haciéndolas parte de relaciones en las que falta reciprocidad. Todo ello mientras aumentan los discursos que justifican ciertas prácticas en nombre de una pretendida liberación sexual -que responde a los intereses del varón como sujeto dominante– y que incluso justifican la prostitución identificándola como una mera prestación de servicios. De esta manera, y como dice Celia Amorós, el cuerpo de las mujeres continúa siendo el libro abierto donde se inscriben las reglas del patriarcado.

La autora analiza como las niñas siguen siendo marcadas por razón de su sexo desde que nacen – los agujeros en las orejas para los pendientes, el apellido paterno en el nombre– y como sus compañeros varones se socializan, sin que se produzca ruptura entre los valores que reciben en la adolescencia y los que se espera de ellos en la edad adulta, en los itinerarios clásicos de la masculinidad tradicional. De esta manera, continuamos alimentando el binomio masculino/femenino, la lógica de la complementariedad y las relaciones de poder que durante siglos han definido las subjetividades masculina y femenina. Precisamente por ello es necesario, como bien hace la autora, analizar de dónde venimos y cómo el feminismo se ha ido construyendo históricamente no solo como un movimiento reivindicativo sino también como una propuesta crítica del orden establecido.

Justo en unos momentos en los que sometemos a crítica unos sistemas democráticos tan imperfectos, en los que aparecen nuevos movimientos sociales (que sin embargo en cuestiones de género se parecen tanto a los viejos) y en los que muchos sentimos la necesidad de transformar radicalmente nuestra manera de construirnos y relacionarnos, tanto en lo privado como en lo público, es más necesario que nunca analizar con perspectiva de género lo que está pasando y lo que nos está pasando. Ello supone reaccionar frente a las posiciones neomachistas y por supuesto frente a los privilegios masculinos. Porque, como bien concluye Ana de Miguel en el último capítulo, “sin conocer y debatir la visión feminista del ser humano, no puede haber una transformación social profunda, capaz de cambiar el rumbo desbocado de esta crisis social”

Lo que hemos de evitar en todo caso es que, como ha pasado en tantos momentos de la historia, las mujeres vuelvan a ser las grandes traicionadas en los procesos que se abren en búsqueda de mayor justicia y de mejores garantías de los derechos fundamentales del individuo. De ahí que, el feminismo, que mucho más que una teoría, o que un movimiento de lucha, o que una llave para sumar energías y crear redes, es un auténtico “estilo de vida”, deba convertirse en la herramienta esencial para mejorar no solo la vida de las mujeres, sino de toda la comunidad.

Algo de lo que deberíamos tomar buena nota los varones que hace tiempo que tendríamos que habernos posicionado como cómplices y compañeros de las que, por ejemplo, por el simple hecho de ser mujeres comparten el riesgo de sufrir todo tipo de violencias. Debería ser pues una exigencia ética consustancial a nuestro corazón de demócratas. De ahí que la respuesta a la invitación final de Ana admita solo una respuesta posible. El “¡Ven con nosotras!” con el que se cierra este necesario libro ha de llevarnos a asumir, no solo como pancarta, sino también como vivencia personal y ciudadana, que solo desde la igualdad sustancial de mujeres y hombres será posible una “democracia avanzada”. Lo contrario supondrá hacerle el juego cómplice a la despiadada alianza de neoliberalismo y patriarcado, la cual insiste en hacernos creer que las mujeres son libres incluso para continuar sometidas a los dictados del patriarca.

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